miércoles, 4 de octubre de 2017

Panajachel

Hace una semana regresé de unas increíbles vacaciones. A pesar de haber sido solo por un par de días, fue una experiencia maravillosa (totalmente necesaria) y hoy, vengo a contarles un poco de todo lo que comí durante estos días.


Día 1:

A pesar de que nuestra idea era irnos desde muy temprano, logramos salir a medio día y emprender nuestro camino.




Aunque esperaba que nuestro paso por Chimaltenango fuera más complicado de lo que fue al final, sí nos llevó un poco de tiempo y a la altura de Tecpán ya estábamos muriendo de hambre. Qué casualidad, ¿verdad?  😅

Entonces paramos a almorzar a Kape Paulinos. Desde que nos parqueamos fue una experiencia increíble. En la entrada fuimos recibidas por vendedoras de fresas y moras, las fresas más grandes que he visto en mi vida y aunque queríamos comprar aunque sea un poco, sabíamos que no tendríamos dónde guardarlas en nuestro destino.





Al entrar cada vez más a la cabaña (o rancho, como usted quiera decirle) gigante en la que está el restaurante, vimos distintas ventas de artesanías típicas.




Finalmente elegimos nuestra mesa y el mesero que nos recibió con toda la amabilidad del mundo, nos dejó los menús y se quedó lo suficientemente cerca para atender a cualquier duda.
Según yo, quería algo liviano y pequeño entonces pedí un Philly Steak Sandwich (recomendado por el mesero por la calidad de la carne y del queso).




Impresionante. El sándwich sí era más grande de lo que esperaba, muchísimo más, pero valió la pena. El mesero estaba en lo correcto, la calidad de la carne era increíble, no estaba sobre cocida o quemada, estaba super suave casi deshaciéndose y tenía un sabor único. Y el queso, ya saben que soy fanática del queso 🐭, indescriptible. El pan en sí estaba untado con mantequilla de ajo y eso le daba un toque extra super especial. El plato traía como acompañamiento ensalada y papitas, las cuales tuve que dejar ahí porque no había más espacio en mi pobre estómago.

Seguimos con nuestro viaje a nuestro destino y después de pasar por carreteras totalmente agrietadas, con agujeros gigantes y con una neblina super densa, al fin llegamos a nuestro super amado Panajachel.

Luego de todo el proceso tedioso pero necesario del check-in en el hotel, desempacar, y todo eso, fuimos por un “piscinazo rápido” para quitarnos el calor que traíamos del viaje. Mala idea. El agua estaba congeladísima. 😂




Pero en fin, salimos a caminar por la Calle Santander, apreciando las distintas ventas, identificando lugares a los que queríamos ir luego a comer o a distraernos y pasamos frente a una carreta de pollo y papitas. Me prometí en ese momento no regresar a la ciudad sin haber comido papitas de la calle con la deliciosa kétchup con sabor a barato.

Llegada la noche ya había hambre otra vez, pero tal vez por el día o la fecha no había muchas opciones disponibles y terminamos en un lugar muy lindo llamado El Bistro. Creo que ya lo habíamos visitado alguna vez hace años, pero no puedo estar 100% segura.






El lugar contaba con diversas opciones en su menú y el ambiente era relajado y acogedor, hogareño. Finalmente decidí pedir una pasta con 4 quesos, la cual no tardó nada en prepararse.




No es la pasta más impresionante que haya probado en el mundo, pero sí estaba demasiado buena y la combinación de esos cuatro quesos estaba demasiado buena. Lo que me gustó demasiado es que la porción no era gigante, era “just right”. Me llené, pero no sentía que iba a explotar.

Seguimos nuestro camino en busca de algo más para distraernos y, como les comentaba anteriormente, no había muchas opciones, pero vi que Pana Rock sí estaba abierto (y lleno de gente también). Así que entramos y tuvimos una noche super alegre escuchando a Che Chapín. Ahí vi que tienen una michelada con camarones e hice mi segunda promesa del día, tenía que probarla.





Día 2:

Ya que el desayuno estaba incluido en nuestro hotel, todos los días desayunamos ahí. Los desayunos chapines fueron los elegidos para estas vacaciones: huevos al gusto, frijolitos parados, queso, chorizo de Tecpán, platanitos fritos, fruta y café. ¿Qué más se puede pedir de un desayuno? 💓




Ese día queríamos acercarnos más al Lago, así que caminamos hacia allá, siempre encontrando distintas ventas, comercios, restaurantes, hoteles y, por supuesto, mucha gente. Y de repente, vi una hermosa carreta de micheladas, margaritas y demás bebidas exóticas.





No estaba cruda, estaba de vacaciones y moría por una michelada. Así fue como terminé tomándome la michelada más increíble que he probado hasta ahora frente al lago, a las 11 de la mañana.




La michelada tenía de todo: Tajín, tabasco, chamoy, salsa inglesa, jugo de tomate, sal, pimienta, limón. You name it. Los que me conocen saben que no puedo comer picante pero en este caso, ni se sintió tanto, estaba demasiado buena.
El lugar se llama Los Amigos, sé que venden desayunos y almuerzos y ahora cuentan con la opción de bebidas preparadas afuerita de su local principal. Super recomendado.

Luego de caminar una eternidad por la orilla del lago, regresamos a la Calle Santander a buscar almuerzo. Teníamos ganas de ir a un restaurante que probamos alguna vez que tenía un patiecito divino y muy cómodo. Asumimos que se trataba de El Patio, así que entramos a buscar algo liviano (otra vez) para comer. El menú era muy sencillo y un tanto limitado pero sí contaba con opciones que llamaron nuestra atención en ese momento.





Pedí un Club Sandwich y era como un DIY todo el asunto. A pesar de aderezar y terminar de armarlo a mi gusto, nunca tuvo mayor sabor. El licuado de fresa tampoco.
Llovió a mares ese día, por lo que nuestro almuerzo se alargó a ser refacción.





Tengo entendido que ni el pastel ni el café eran de ahí, sino del local de al lado.
Debo admitir que el pastelito me sorprendió mucho ya que no era el típico pan borracho cubierto de turrón. De hecho, era pan dulce (de los redonditos) hecho pedacitos cubierto en las famosas tres leches que la receta pide y cubierto de turrón. Fue muy único y sí lo recomendaría mil veces.

Bajo la lluvia regresamos al hotel, ya saben, a hacer siesta. 😂 
Y ya salimos un poco tarde, pero con dos objetivos muy claros: una rica cena y un lugar alegre después.
Intentando no hacer muy larga la historia, solo les cuento que paramos al inicio de la Calle Santander y al ver al otro lado, lo vimos… ese restaurante que solo por el nombre nos llamaba y nos pedía que nos acercáramos. Casablanca.
Por el nombre ustedes ya pueden imaginar el ambiente del restaurante, de hecho, es como super romántico todo. Algún día tal vez tenga un momento romántico ahí, tal vez… Pero bueno, eso lo dejaremos para el otro blog.




Pedí un filete de pescado en salsa de crema y vino, acompañado de papitas y vegetales.




El sabor era perfecto y combinado con un buen vino blanco argentino, aún mejor. Pero sí confieso que no me terminé las papitas y los vegetales. No quería sentir que me explotaría el estómago.
La velada en Casablanca fue más que perfecta, cada detalle fue cuidadosamente preparado para nosotras y eso que la cena fuera aún más especial.

Llegó la hora de nuestro segundo plan para la noche y para no fallarle a un clásico, decidimos ir a Circus Bar.
A pesar de que ya nos habíamos llenado de la cena, pedimos un antipasto italiano para acompañar el par de bebidas que pedimos.




Todos los sabores en el plato se mezclaban a la perfección y se complementaban para hacer de algo tan sencillo, una total delicia.
Tip: La sangría es deliciosa. Si van un día, no dejen de probarla.


Día 3:

Al terminar nuestro desayuno en el hotel, decidimos ir al Mercadito de Artesanías que está sobre la Calle Santander. Perdónenme la vida mil veces, pero no recuerdo el nombre. Sí recuerdo, sin embargo, que cuenta con dos pasillos largos para los visitantes y tres filas de vendedores.
Cada puesto tiene lo suyo y ese algo que lo hace especial. Luego de dar una vuelta, preguntar el precio de mil cosas, comprar algunas de esas cosas y ser perseguidas por los vendedores, fuimos en busca del almuerzo.

Gracias a nuestra caminata del día anterior, queríamos ir a almorzar a uno de los restaurantes que están a la orilla del Lago, esos que están como en cabañas de madera, llenos de mariscos y con meseros de camisas blancas y chalequitos de colores.
Buscamos el que estuviera más cerca al Lago y terminamos en El Cayuco.




La vista era hermosa y, aunque el clima no era exactamente lo que esperábamos, todo transmitía mucha paz. Era justo lo que necesitábamos. El menú era amplio y les juro que tenía de TODO un poco.






Me decidí, luego de un bueeeeen rato de estar viendo el menú, por unos camarones al ajillo.




Solo de ver el plato me llené 😂 pero algo sí les digo: esos camarones estaban celestiales, la salsita al ajillo con la que iban bañados es de las mejores que he probado. Todas las guarniciones estaban increíbles y todo venía acompañado, también, por tortillas recién salidas del comal.

Regresamos al hotel para la típica siesta después de almeurzo. Y con baterías recargadas, salimos a buscar los lugares que visitaríamos esa noche.
Quisimos entrar a un restaurante de parrillada uruguaya (en el que nos encontramos a Che Chapín cantando) pero parecía que ya iba a cerrar, entonces seguimos buscando.

Paramos entonces en Chez Alex, un restaurante de cocina francesa.




Para empezar, pedimos un foie gras acompañado de panitos tostaditos. Acá me costó un poco decidir qué pedir porque mi corazón en ese momento quería algo totalmente diferente. Pero en fin, terminé pidiendo camarones (sí, otra vez, no me juzguen).





Esta vez, los camarones venían bañados en salsa de vino blanco y acompañados de croquetas de papa y vegetales al vapor. Las ganadoras acá son las croquetas, fabulosas. La papa estaba mezclada con queso, por lo que cada bocado llevaba un sabor muy especial (aparte de lo divertido que es cortar queso derretido, obviamente). Los vegetales estaban en su punto, ni crudos, ni sobre cocinados, perfectos.

Como un detalle muy especial del restaurante, nos llevaron un postre de cortesía para compartir y con velitas por los cumpleaños que celebrábamos.




El postre eran bananitos flameados bañados en miel y vainilla con helado, crema batida y jarabe de chocolate. ¡Dios santo! Solo de leerlo ahorita me dio cargo de conciencia. En mi defensa, no había comido postre antes durante estas vacaciones, así que me lo permití. 🐷

Una vez más, caminamos buscando nuestro próximo destino para terminar la noche.
Pasamos viendo en La Palapa, un lugar sencillo, acogedor y no muy lleno.




Contaban con precios accesibles, ofertas muy únicas y, aunque usted no lo crea, también con Che Chapín cantando en el lugar. 😂

Para no hacerles tan larga la historia, fuimos otra vez a Circus Bar. Esa noche logramos encontrar todavía música en vivo y el lugar estaba un poco más lleno.




Nos decidimos por los mismos tragos de la noche anterior, pero esta vez, acompañados de bruschettas.





Nos despedimos del lugar, sabiendo que era nuestra última noche ahí y prometiéndonos que regresaríamos muy pronto.




De regreso al hotel, pasamos frente a Pana Rock y recordé que uno de mis grupos nacionales favoritos estaba ahí (Fábulas Áticas) y, aunque no pude entrar, pude apreciar sus últimas dos canciones desde afuera. Eso le dio un final increíble a la noche.

Día 4:

Nuestro momento de partir llegó.
Tal como hicimos la noche anterior, nos prometimos volver pronto para visitar y conocer todo lo que nos hizo falta.


El resumen:
Platillo favorito durante las vacaciones: Camarones al ajillo de El Cayuco.
El menos favorito: Club Sandwich de El Patio
Pendientes: Papitas con kétchup barata de carreta, Michelada con camarones de Pana Rock.
Otras aclaraciones: Cerveza Gallo no me pagó por esta entrada, aunque deberían por salir en tantas fotos. 😂


Ah, y por si estaban con la duda, ya soy fans de Ché Chapín. 💓

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